Vida de Santos: Maximiliano Kolbe

En julio de 1941, en el campo de concentración de Auschwitz, los oficiales nazis ordenaron una terrible represalia por la fuga de un prisionero: diez hombres serían condenados a morir de hambre y sed.

Cuando uno de los seleccionados, el sargento polaco Franciszek Gajowniczek, rompió a llorar por su familia, el sacerdote franciscano Maximiliano Kolbe, también prisionero, dijo a los soldados: “Soy un sacerdote católico, no tengo mujer ni hijos. Me ofrezco en cambio de este hombre”.

El oficial nazi aceptó el intercambio. San Maximiliano Kolbe fue conducido al búnker de la muerte, donde, tras consolar a sus compañeros de martirio, fue finalmente asesinado. Años mas tarde, cuando el Papa Pablo VI lo beatifico, ese hombre al que Maximiliano Kolbe le salvo la vida, estuvo presente en la ceremonia.

La vida de este santo en esta tierra, culminó como la del «grano de trigo que muere y da muchos frutos”. Los había dado a lo largo de todo su peregrinar en este mundo.

Nacido a finales del siglo XIX, cultivo siempre un profundo amor a la Madre del Señor y Madre nuestra, en su advocación de la Inmaculada Concepcion.

Movido por ese fervor, formó un movimiento religioso “La Milicia de la Inmaculada”, en un tiempo de gran hostigamiento a la Iglesia y odio a los sacerdotes. De hecho, lo marcó profundamente ciertas manifestaciones en Roma, donde estandartes mostraban a Lucifer venciendo al Arcangel San Miguel.

Dios le dio muchos talentos, que el busco multiplicar. Fue un innovador y adelantado a su tiempo en el apostolado a través de los medios de comunicación. Creo una revista: El Caballero de la Inmaculada” que comenzó con una tirada de cinco mil ejemplares y llegó a tener una circulación mensual de casi un millón. Una cifra enorme. Su estilo era sencillo, directo, accesible para la gente común. Se combinaban artículos de formación, vida de santos, respuestas a preguntas de los lectores y noticias del movimiento, todo con el fin de acercar almas al Señor.

Construyo un Complejo religioso y mediático, (la Ciudad de la Inmaculada), que era como un ecosistema de fe en acción, donde además de un seminario y un monasterio, estableció un centro editorial, una imprenta y un centro de radioaficionados. Por eso hoy es patrono también de los comunicadores católicos.

Siempre creyó que si la obra era de Dios, El mismo proveerá los medios. Miles de pequeñas suscripciones a sus revista, además de donativos, la sostuvieron junto al trabajo voluntario de frailes y otras personas.

Ese complejo eran como una “capilla” en donde el trabajo era también una oración. La jornada se alternaba con momentos para celebrar la Misa, rezar la liturgia de las horas y el Santo Rosario. Esa “ciudad” de fe llegó a albergar a mas de ochocientos frailes y durante la ocupación nazi en Polonia dio refugio a judíos y perseguidos del régimen del terror, salvando a cerca de dos mil personas.

 Movido por el amor a Dios y a sus hermanos, pretendió también avanzar con una radio e incluso con películas para hacer conocer a Cristo. Esos proyectos no pudieron concretarse porque fue apresado por la Gestapo y llevado a Auschwitz en 1941.

Años antes de su martirio, San Maximiliano Kolbe también fue misionero en Japón. Llegó a la ciudad de Nagasaki,  sin conocer el idioma ni poseer recursos económicos.

Confiando en la Providencia del Señor, y sumándole su propio esfuerzo y talento, fundó allí un complejo similar al de su obra en Polonia, al que llamó “El Jardín de la Inmaculada”. Además, editó la revista “El Caballero de la Santa María”. Tanto en los nombres que eligió para su obra como en todo su actuar, demostró un profundo respeto y cariño por el pueblo y la cultura japonesa. Cabe destacar que Nagasaki fue devastada años después por la bomba atómica.

Su vida, intensa y siempre disponible a la guía del Espíritu Santo, también puede iluminar nuestro propio camino. A partir de su testimonio, estas son algunas reflexiones:

Luz en la oscuridad: Este hombre bueno vivió el sinsentido y la crueldad en extremo de Auschwitz. En un lugar donde la pregunta ¿donde está Dios? era un grito constante, él se convirtió en la respuesta, no con teorías sino con su presencia viva, siempre consolando y asistiendo a los demás prisioneros. Su fe le dio la certeza de que, a pesar de todo el horror, el mal no tiene la última palabra.

Su testimonio también ilumina nuestras propias luchas. En la vida enfrentamos las consecuencias del pecado del mundo: problemas a veces muy duros o incluso tragedias inesperadas. Nuestro santo pudo atravesar esa oscuridad porque estaba unido al Amor (Dios), y por eso no dejo de dar amor, encontrando un sentido trascendente al dolor y la contradicción.

Cuando pases por la oscuridad, recuerda siempre que no estamos solos, y que tu destino final es el Cielo, la paz y felicidad para siempre. Levanta la mirada y pide ayuda a la gran familia del cielo: a la Comunión de los Santos, a María, y por supuesto a Jesús, nuestro Hermano y Señor. Ellos caminaran a nuestro lado. Unidos al Dios Amor, podremos trasformar nuestro sufrimiento y llenarlo de sentido y servicio.

Nuestro talentos: Fue un hombre con grandes talentos que procuró hacerlos dar frutos con audacia y creatividad. Cada quien tiene los propios, no se trata de compararnos con otros sino de, unidos al Señor, buscar ser la mejor versión de nosotros mismos. Estamos llamados a descubrir nuestros propios dones y a entregarlos con generosidad.

Mensajeros: Fue un increíble misionero de las comunicaciones, pero cada uno puede ser un mensajero en lo pequeño, en nuestra vida cotidiana. En la familia, con compañeros de trabajo, con amigos, siempre, de acuerdo a nuestros dones,  podemos ser portadores de la alegría del Evangelio.

Caridad como plenitud de vida: Su vida, fue una imitación de Jesús, el Maestro, que nos enseña que la existencia se hace plena al darla en actos de amor desinteresado, aliviando la vida de otros. La verdadera felicidad está en romper las cadenas del egoísmo, la codicia y a soberbia para poder amar y servir.

Oración como sustento: Trabajaba y oraba. Su inmensa actividad brotaba de la oración y se convertía en oración. No por ello dejaba de unirse al Señor a través de los sacramentos y de su devoción a la Virgen. Su ejemplo es una advertencia: si no acudimos a las fuentes de agua viva de la oración y los sacramentos, inevitablemente nuestra vida espiritual se seca.

Scroll al inicio