Simón de Cirene: el hombre que cargó la cruz con Jesús

Su nombre aparece en los tres evangelios sinópticos en el momento culminante del Vía Crucis:

“Y obligan a uno que pasaba, Simón de Cirene, que venía del campo, padre de Alejandro y de Rufo, a que lleve su cruz.”  (Mc 15,21)

Reflexionemos sobre esta breve pero reveladora frase. Simón era un peregrino que había subido a Jerusalén para la fiesta de la Pascua, proveniente de Cirene, en ese tiempo una importante ciudad del norte de África (actual Libia). No era un discípulo ni siquiera parece que fuera un simpatizante de Jesús, ni sabía qué estaba sucediendo allí. Era «uno que pasaba», de casualidad.

A ese hombre anónimo, los soldados le obligan a llevar la cruz. Es muy probable que lo hicieran porque Jesús estaba casi desahuciado por todo lo que había sufrido en su cuerpo y en su alma, y temían que desfalleciera antes de ser crucificado. Posiblemente el Cireneo intentó rehusarse, pero los soldados lo debieron amenazar. Así tuvo que levantar la cruz de un hombre al que pudo ver medio muerto, todo ensangrentado, que ya no podía mantenerse en pie.

Jesús, exhausto, habrá notado a ese hombre que, sin desearlo, lo estaba asistiendo. Dios siempre acoge y recompensa cualquier servicio que se haga a un semejante, incluso cuando nuestra colaboración sea débil o forzada. Esto es profundamente consolador. El Señor aprovecha un mínimo gesto para ayudarnos a cambiar el «corazón de piedra» por un «corazón de carne».

A Simón de Cirene, ese encuentro no buscado con Jesús cargando su cruz le cambió la vida para siempre.

Hay momentos en que necesitamos que otros nos ayuden a llevar nuestra cruz, porque en la vida nos encontramos con muchas. Y hay momentos en que nosotros somos Simón para los demás: cuando acompañamos a un enfermo, a un anciano que está solo, al que atraviesa una depresión, al que sufre en silencio por tantas situaciones de la vida. En el que sufre está Jesús; ahí nos encontramos con Él.

San Marcos menciona a sus hijos: Alejandro y Rufo, lo que indica que la comunidad cristiana de Roma (destinataria de ese evangelio) los conocía personalmente. El hecho de que en el evangelio de Marcos se nombre a sus hijos sugiere que Simón transmitió la fe a su familia. Ese encuentro totalmente inesperado con Jesús lo transformó y luego esa llama de la fe se propagó a toda su familia.

Unirse al dolor de los demás y colaborar para aliviarlo nos llena de plenitud de vida y aligera nuestras propias cruces. Simón, sin buscarlo, había encontrado el tesoro más grande de su vida: esa perla preciosa de la que habla el Evangelio (Mt 13,46). Y por eso, luego de aquel encuentro, no pudo permanecer indiferente: necesitaba compartir lo que había hallado. Se hizo apóstol, primero con su propia familia.

Meditemos sobre ese personaje del Evangelio que, sin quererlo, tuvo un encuentro inesperado con el Señor y lo ayudó a llevar su cruz. Hoy nosotros podemos auxiliar a llevar las cruces de nuestro prójimo. No dejemos de consolar y dar una mano a quien está sufriendo; allí nos encontramos con Él, Camino, Verdad y Vida.

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