San José, el elegido de Dios para ser el padre de crianza del Salvador, nos sorprende una y otra vez.
Toda su existencia nos enseña que una vida sencilla y ordinaria tiene un valor inmenso. Más aún, está santificada por la presencia diaria de Jesús, junto a él y a María, en la pequeña aldea de Nazaret, viviendo como cualquier otro habitante de aquel humilde pueblo.
José no necesitó comprenderlo todo para seguir los caminos que el Espíritu Santo le inspiraba. Le bastó escuchar la voz del Señor y abrir su corazón sin reservas. Por eso recibió a María por esposa cuando estaba encinta; por eso huyó a Egipto y luego regresó a Nazaret siguiendo los llamados de Dios para proteger a Jesús.

Practicaba devotamente los ritos religiosos de la Antigua Alianza y trabajaba honradamente. «¿No es este el hijo del carpintero?» es una frase que se narra en los Evangelios.
Vivió sirviendo a su familia, trabajando con sus manos y rezando a Dios. Su vida nos recuerda que el abandono confiado en Él, especialmente en las dificultades y contradicciones, es el bálsamo para el alma y el camino seguro en medio de las tempestades.
Después de la Virgen María, ningún otro ser humano ha estado ni estará tan unido al corazón de Jesús. San José lo abrazó desde que nació, lo cuidó y le enseñó a conducirse en la vida cotidiana. Esta cercanía tan íntima continúa para toda la eternidad.
San José es un modelo de humildad y fe profunda. Pidámosle que nos ayude a confiar más en Dios, a crecer en la fe y a alimentarnos con la oración y la vida de la Iglesia. Que nos ayude a no temer y, en cualquier circunstancia, a abandonarnos en los brazos del Señor y de su Madre, que es también nuestra Madre.
San José nos habla hoy con fuerza: nada de la vida cotidiana carece de valor. Ofrezcámosla a Dios y procuremos llenarla de amor y servicio en cada pequeño detalle. Y cuando caigamos o nos falten las fuerzas, pidámosle a San José que nos sostenga y nos lleve de nuevo a Jesús, que siempre nos espera y nunca se cansa de perdonar cuando realmente lo buscamos de corazón.
Él es el Patrono de la Iglesia universal y puede ser nuestro intercesor fiel hoy y siempre. La intercesión es un don que Dios quiso darnos para acercarse a nosotros. Como los amigos intercedemos los unos por otros, por amor, así es la Comunión de los Santos, querida por el Padre.
Santa Teresa de Ávila, doctora de la Iglesia y gran mística, lo experimentó profundamente: “Parece que a otros santos el Señor les dio la gracia para ayudarnos en una necesidad específica; pero tengo experiencia de que este glorioso santo nos socorre en todas. El Señor quiere darnos a entender que, así como en la tierra le obedecía —pues al ocupar el lugar de padre y protector tenía autoridad para mandarlo—, así también en el cielo le concede todo lo que le pide”.
El Papa Francisco, cuando tenía un problema grave, una preocupación por la Iglesia o una decisión difícil que tomar, lo escribía en un papelito y lo colocaba debajo de una estatuilla de madera de San José dormido, para que él interceda por ese problema.
Él mismo lo explicó: “Cuando tengo un problema, una dificultad, escribo un papelito y lo pongo debajo de San José para que lo sueñe. Esto significa: para que rece por ese problema”.
Acudamos a él con confianza. San José, ruega por nosotros.






