A veces, nos alejamos de este sacramento de sanación porque nos avergüenza tener muchas faltas, caer siempre en las mismas o sentirse sin fuerzas suficientes para cambiar. ¡No temas! nos aconsejaría San Juan Pablo II, Dios es misericordia y cuenta con nuestras miserias, sabe de nuestras fragilidades.
Recordemos y meditemos la parábola del Fariseo y el Publicano. El fariseo se vanagloria de que es un observador de los preceptos y las normas y en su oración dice: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres…ayuno dos veces por semana, pago el diezmo”. Su mirada está puesta en él mismo, no en el Señor, al que va a informar sobre lo bueno que es y que por tanto le corresponde ser bendecido por El y reconocido por los demás. Su corazón esta lleno de sí mismo; no hay lugar para que Dios pueda entrar.
Veamos al publicano, que en esos tiempos era el ejemplo de pecador público. El solo dice: “ ¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador!
El sabe que el rumbo de su vida se aleja de Dios y de sus hermanos, que no tiene méritos para exigir nada. Presenta sus miserias y debilidades y es en esa apertura del corazón, en ese vacío y búsqueda de amor, donde Dios puede curarlo.
Sobre estos dos casos Jesús concluye con una frase que debió escandalizar a los oyentes de su tiempo: “Les digo que este (el publicano) bajó a su casa justificado, y el otro no”. La justificación que es restaurar la relación rota con Dios, es un don gratuito que se derrama en el corazón humilde del que se abre a su Misericordia.
El Papa Francisco decía que confesarse no es ir a la tintorería a limpiar una mancha sino ir al encuentro con el Padre que nos espera. Es un Padre que como se relata en otra parábola, la del “hijo prodigo”: ve venir a su hijo desde lejos, corre hacia el, no le deja que empiece a justificarse de lo que hizo y lo abraza con todo su amor.
En “Evangelii Gaudium” nos recuerda que: “Dios no se cansa de perdonar, nosotros somos lo que nos cansamos de pedir perdón.”
Cuando vamos al sacramento de la Reconciliación, somos hijos que volvemos a casa, después de golpearnos y perder la paz en los caminos errados que a veces tomamos. La confesión es como un hospital del alma. Es un encuentro de amor que restaura.
Una sugerencia práctica que viene de la tradición pastoral: si tenemos miedo y vergüenza, se puede comenzar diciendo eso al sacerdote. Decirle que no sabe bien como hacer la confesión, que sentimos vergüenza o miedo por las graves faltas que pudimos cometer o porque pasó mucho tiempo de nuestra última confesión. Cualquiera sea el motivo, el sacerdote está allí para ayudar, para ser otro Jesús que quiere abrazar y curar.
El sacerdote, pecador como nosotros, en ese momento es el mismo Cristo, que llega a nosotros a través de ese hombre para hacer que su misericordia llegue “encarnada”, perceptible para los sentidos cuando te dice: “yo te absuelvo”.
La confesión nos devuelve esa paz que nos quitó el pecado, que no es solo una acción equivocada sino una ruptura de la relación con Dios, que afecta a la relación con los demás y con nosotros mismos.
Es llamado el sacramento de la Reconciliación porque repara múltiples relaciones que se rompen al mismo tiempo y genera fortaleza para enfrentar la vida desde Dios, el fundamento de todo.
La confesión no es para perfectos sino para los pecadores, que somos todos. No hay distancia grande, no hay pecado grave que supere a la misericordia de Dios. Esta no tiene fondo.
Jesús perdonó a quienes los torturaron y lo clavaron en la cruz, a Pedro que lo negó tres veces. El Evangelio está lleno de actos de misericordia de nuestro Señor.
Requiere un acto de valentía: mirarnos a nosotros mismos y ver nuestras faltas y responsabilidad por lo que hacemos o dejamos de hacer y un acto de humildad: reconocer nuestra fragilidad y que solo unidos a Dios podemos liberarnos y continuar caminando nuevamente sin el peso de tantas cadenas que oprimen nuestra vida a lo largo de la existencia.
Hagamos un “examen de conciencia”, que no es una búsqueda ansiosa de pecados para llenar una lista, sino tratar de meditar sobre los sufrimientos que provocamos, las faltas de amor con Dios y con los demás y tratar de descubrir las cosas que necesitamos cambiar y mejorar. Acerquémonos con confianza plena y alegría al Sacramento del Abrazo, al Sacramento de la Reconciliación.



