Cada parroquia tiene una historia única, la de una comunidad concreta que se reúne, celebra su fe y busca al Señor. En ese camino, el párroco ocupa un lugar fundamental: es sacerdote y pastor. Está llamado a servir al Pueblo de Dios en las distintas circunstancias de la vida; en los momentos de alegría y de dolor; de esperanza y también de agobio y tristeza.
Hay un día particular en el que se celebra el Día del Párroco (4 de agosto). Es una buena oportunidad para agradecer a nuestros sacerdotes por su vocación y entrega cotidiana. Pero no deberíamos quedarnos solamente con una celebración, que para la mayoría de los católicos pasa desapercibida.
La misión del párroco transcurre, en muchas ocasiones, silenciosamente. Su tarea de guiar y asistir, haciendo presente a Cristo, Buen Pastor, en medio de su comunidad, es muy variada: celebra la Eucaristía, administra los sacramentos, visita a los enfermos, acompaña a las familias, escucha a quien atraviesa una dificultad, forma en la fe, consuela en el dolor y anima a quienes trabajan al servicio de la Iglesia.
Pero también debemos recordar que el sacerdote es un hombre con debilidades y dificultades. Como todos nosotros, necesita conversión, misericordia, amistad y oración. Muchas veces se siente solo, atraviesa momentos de desánimo o se equivoca.
¿Rezamos por él? ¿Le ofrecemos nuestra colaboración? San Pablo nos exhorta: «Les rogamos, hermanos, que reconozcan a los que trabajan entre ustedes y los dirigen en el Señor… ténganles la más alta estima y amor a causa de su trabajo» (1 Tesalonicenses 5, 12-13).
Estas palabras siempre son actuales. Valorar y agradecer el ministerio que el párroco ha recibido no significa considerarlo una persona exenta de errores, como tampoco implica renunciar a la corrección fraterna y a la verdad, lejos de toda murmuración o crítica destructiva.
Las parroquias son espacios de fe, pero también sitios donde ni el párroco ni los laicos están exentos del pecado de soberbia, de «mundanidad» o de clericalismo. No hay perfección aquí en la tierra. Por eso, nunca dejemos de rezar por nuestro párroco y de asistirlo, en la medida de nuestras posibilidades, especialmente si vemos que atraviesa dificultades o problemas.
Pidamos al Señor que les conceda a nuestros párrocos fortaleza en las dificultades, alegría en su ministerio, sabiduría para acompañar a quienes les fueron confiados y un corazón cada día más semejante al de Jesús.
Que sepamos caminar junto a nuestros párrocos, agradecer su entrega, acompañarlos en sus dificultades y sostenerlos con nuestra oración y cariño fraterno.
Que Jesús, el Buen Pastor, los sostenga y los conserve siempre cerca de su Corazón.







