«Me gusta hablar de los santos de la puerta de al lado, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios. La santidad es el rostro más bello de la Iglesia.» — Papa Francisco (Gaudete et Exsultate)
Es hermosa esta frase de Francisco, referida a esa santidad discreta, cotidiana, casi anónima. Todos estamos llamados a la santidad, no solo unos pocos elegidos, como señalan o dejan entrever algunas doctrinas y pensamientos equivocados y hasta opuestos a la fe.
La santidad cristiana es, en primer lugar, dejarse amar por Dios. Es reconocer nuestra debilidad y permitir que la gracia actúe en nuestra pequeñez. “Un santo es un pecador que se levanta… y que acude a la Misericordia divina con humildad y confianza” nos dice San Josemaría. Un santo es el que está lleno de agradecimiento por lo que Dios hace en su corazón, reconociendo que no hay mérito propio en ello, solo hace falta abrirse al Amor y su Gracia.
Es en medio de las cosas sencillas y cotidianas, donde los miembros de la Iglesia que peregrina en la tierra, debemos santificarnos. El padre y la madre que se levantan cansados pero se esfuerzan y trabajan sin quejarse para servir a su familia; la vecina que cuida de un enfermo sin que nadie la vea ni la aplauda; ese joven que hace tareas de servicio a los ancianos, dejando de lado horas de sana diversión. Hay incontables ejemplos de actos de amor y de eso se trata la santidad: amar a nuestro Padre que está en los cielos y a nuestros hermanos.
Por supuesto que el camino de santidad de una madre de familia no puede ser igual a la de un monje contemplativo, ni la de un médico igual a la de un estudiante. Y cada uno de nosotros es único e irrepetible, con su propio camino. Dios no quiere que te conviertas en una copia de San Francisco de Asís o de Santa Teresa de Jesús. Dios quiere que seas la versión más plena y santa de ti mismo.
En ese camino no se requiere hacer cosas extraordinarias, sino crecer en el amor a Dios y a nuestros semejantes.
En la vida espiritual no hay cosas pequeñas. Todo lo que se hace por amor a Dios es grande. Ese hombre que por estar unido a Jesús perdona; ese joven que decide vivir a veces contra corriente por amor a Dios; ese abuelo que reza en silencio cada tarde pidiendo por las necesidades de todos, uniendo sus dolores y sufrimientos a los de la Cruz para que no sean en vano sino que se transformen en fuente de salvación para otros. No hay cosas menores. Todas son como “flores” para el Señor como enseñaba Santa Teresita del Niño Jesús.
Ella también decía algo iluminador: “A veces, cuando leo ciertos tratados en los que la perfección se muestra rodeada de mil obstáculos… mi pobre espíritu se cansa muy pronto. Yo no encuentro en el Evangelio más que una cosa: pasar haciendo el bien y amar a Jesús con todo el corazón.”… “recoger una alfiler por amor puede convertir a una alma.”
Reflexiona sobre estos consejos: No pierdas ninguna oportunidad de hacer un pequeño sacrificio, aquí con una mirada sonriente, allá con una palabra amable; haciendo siempre la cosa más pequeña bien y haciéndola por amor.” (Santa Teresita); ¿Quieres de verdad ser santo? Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces. (San Josemaría).
Te invito a preguntarte: ¿Quienes son los santos de la puerta de al lado que me ayudan a vivir mi propia vocación a la santidad? ¿Me doy cuenta que santificarse es buscar siempre crecer en el amor en la vida sencilla de todos los días? ¡Abramonos al Señor y su amor, busquemos ser santos!





