LA IGLESIA ES MADRE Y MAESTRA

El Papa San Juan XXIII, en una célebre Encíclica, llamó a la Iglesia: «Mater et Magistra” (Madre y Maestra). Sobre esta clara definición, el teólogo argentino, Monseñor Octavio Derisi, nos dejó una profunda enseñanza pastoral : “La Iglesia, para ser Maestra, primero tiene que ser Madre”.

Su reflexión pastoral intuye que en la vida diaria y existencial de la Iglesia, lo maternal debe preceder de alguna manera a su tarea esencial de maestra.

Podríamos decir que como Maestra, la misión de la Iglesia es enseñar con fidelidad el camino de salvación que Jesus nos reveló. Es la voz que proclama la Verdad que nos hace libres. Como Madre, su tarea es acercarse a toda realidad humana, con compasión y ternura para alimentarnos, sanarnos y acompañarnos en el dolor.

¿Por qué esta precedencia de la maternidad?

La vida cristiana no es, en primer lugar, la adhesión a un código moral para orientar la existencia o a un sistema de dogmas que iluminen la razón. Nace de un encuentro de amor: el encuentro con la persona de Jesucristo, el que predicó el Reino, el que sanaba y “se paso haciendo el bien”, el que murió y resucitó, el que es «Camino, Verdad y Vida». La Iglesia, como Madre, es el «lugar» de ese encuentro.

Una madre corrige y enseña a su hijo, sí, pero el hijo acepta esa corrección y adhiere a esa enseñanza porque sabe, sin lugar a dudas, que proviene de un amor incondicional. La Verdad solo es creíble desde el Amor.

Si la Iglesia enseñara la verdad sin “encarnarla” primero al abrazar al pecador y llorar con el que sufre, vería sus palabras volverse estériles. No darían fruto y quizás se le podría aplicar esa sentencia de San Pablo:  «Aunque yo hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o un címbalo que retiñe.» (1 Cor 13, 1)

La maternidad es la que da credibilidad y sostiene siempre al magisterio. Evidentemente una cosa y la otra están profundamente unidas, pero esa mirada pastoral de Monseñor Derisi, es un faro que ilumina nuestro caminar como miembros de la Iglesia.

Imaginemos una Iglesia que es «maestra» sin ser “madre”, lejos del amor o farisaica, una «aduana de la fe» que solo juzga y no se acerca y acoge con misericordia al herido en el camino, o bien, «madre» sin ser «maestra». Una madre que, por un amor mal entendido, nunca enseña ni corrige y deja que su hijo se lastime y se pierda en el error, sin recibir la luz de la verdad.

Esa intuición pastoral de Monseñor Derisi nos deja esta poderosa reflexión: Antes de que la palabra ilumine, la Iglesia debe ser testimonio de amor. Antes de que la doctrina enseñe, su caridad de madre debe sanar. Porque solo cuando una persona se siente amada, su corazón se abre para recibir la luz de la Verdad.

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