En uno de sus libros “La alegría de vivir la fe”, el Cardenal vietnamita Van Thuan, reconocido como Venerable por la Iglesia, por haber vivido las virtudes cristianas en grado heroico, y que fuera hecho prisionero por el régimen comunista durante trece años, nueve en un régimen de aislamiento total, nos dejó esta reflexión para los padres.
En Navidad, el hijo de una familia rica fue con sus padres a dar una vuelta por la ciudad par comprar regalos. En la tienda de ropa, la madre le pregunto si quería algo, pero él meneo la cabeza, pues ya tenia mucha ropa. En la zapatería y en la juguetería se repitió la misma escena. Los padres estaban desesperados, hasta que el pequeño los llevó a un estanco y le pidió que le compararan una pipa. Sorprendido, el padre objetó que era demasiado pequeño, ¿para qué quería ese objeto? “Me gustaría regalársela al carpintero que vive al lado de nosotros”, respondió el niño, “Y ¿por qué?” le preguntó el padre. “Porque me aprecia. Cada vez que están ocupados y no tienen tiempo para mí, voy a su casa. El habla conmigo, me pide que le pase el cepillo o el cincel o que barra el suelo”
Hacer regalos materiales es un lenguaje de afecto, sin duda. Pero nunca puede ser el idioma principal de un hogar.
El mejor regalo que podemos darles es, sin duda, nuestro tiempo. Es el más costoso en una sociedad que exige jornadas interminables para el trabajo, volviéndolo un bien escaso. Pero he aquí un secreto: los hijos no solo miden las horas, sino que perciben el esfuerzo.
Se dan cuenta cuando sus padres luchan por conquistar esos minutos para ellos. Y ese tiempo, ya sea mucho o poco, solo tiene valor real cuando está lleno de atención plena. Un tiempo en el que se sientan cercanos y apreciados incondicionalmente.
Esa actitud les enseñará además a “ver” las necesidades del otro, como ese niño con el carpintero; a ser agradecido porque se siente “visto” no solo mirado, “escuchado” no solo oido, “valorado” en sus anhelos, sus preguntas, o en sus tareas.
¡Que bueno que lo podamos practicar!


