En la Capilla Sixtina, Miguel Ángel representa a Dios extendiendo su mano hacia Adán. Es una de las pinturas más famosas del mundo.
La pintó a 20 metros de altura, de pie sobre andamios y con el cuello inclinado hacia atrás. Utilizó la técnica del fresco, palabra que se relaciona con el método de pintura ya que consiste en hacerlo sobre yeso húmedo y mientras se mantenga fresco. Esto le obligaba a trabajar a contrarreloj y sin margen de error, ya que cuando el yeso se secaba, la pintura ya pasaba a ser parte de la pared.
Miguel Ángel eligió representar la escena de la creación en un instante particular: el momento en que los dedos de Dios y de Adán están a punto de encontrarse. Sus dedos casi se tocan, pero entre ellos queda un pequeño espacio. Allí parece concentrarse todo el misterio de la escena.
Adán espera. Dios se acerca. En la escena, Dios aparece lleno de fuerza y movimiento. Su brazo se extiende hacia Adán, mientras que el hombre permanece recostado, casi sin fuerzas, como si todavía estuviera descubriendo el misterio de su propia existencia.
La obra nos recuerda que la vida es un don recibido de Dios y que el ser humano ha sido creado a su imagen y semejanza. No somos fruto del azar ni estamos llamados a vivir alejados de nuestro Creador; nuestra existencia comienza con una iniciativa de amor de Dios. La fe cristiana nos recuerda que nuestra vida no comienza en el abandono ni en la soledad. Somos criaturas amadas.
Ese pequeño espacio entre los dedos también puede hablarnos de nuestra libertad. Dios sale a nuestro encuentro y nos ofrece su gracia, pero espera también nuestra respuesta libre a su amor. Dios nos llama, nos espera, nos invita.
¿Cuántas veces Dios se acerca y nosotros no lo advertimos? Tal vez porque estamos demasiado ocupados, tal vez porque una herida nos hizo cerrar el corazón, tal vez porque esperamos encontrar a Dios en algo extraordinario y no reconocemos su presencia en lo sencillo.
Quizás el detalle más conmovedor de toda la escena no sea solamente la mano de Dios, sino la de Adán. Miramos a Adán y podemos reconocernos. También nosotros hemos estado alguna vez tendidos, esperando una respuesta. También nosotros hemos sentido que no tenemos fuerzas y hemos necesitado que alguien nos tienda una mano. Y es allí donde esta obra maestra del Renacimiento se convierte en preguntas: ¿Dónde está Dios en mi vida hoy y cuánto permitimos que El la toque y la transforme? Bastaría decir, simplemente: “Señor, aquí estoy, ayúdame”.









