EL EVANGELIO Y NUESTRA FRAGILIDAD

No somos los perfectos, somos los perdonados

En diversas ocasiones el Papa Francisco ha insistido en la idea de que la Iglesia no es una comunidad de puros y perfectos. Todos somos pecadores, todos somos frágiles. Lo que compartimos no es nuestra perfección, sino la alegría de haber sido perdonados por un amor que lo abarca todo.

Estas sabias palabras del Santo Padre no son solo para que las reflexionen y las encarnen en sus vidas los sacerdotes y obispos, sino también para cada uno de nosotros.

Todos estamos heridos: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros…» (1 Juan 1, 8). Además, hemos sido rescatados por aquel que dijo que: «Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos» (Lucas 5, 31).

Reconocerse pecador, en busca sincera y activa de la conversión y el perdón, es vivir el Evangelio y evitar caer en la arrogancia de los fariseos, que se consideraban puros y despreciaban al resto. Jesús fue muy duro con ellos, procurando abrirles un corazón encerrado en una soberbia que aleja totalmente de Dios.

Esta enseñanza también es un mensaje para todos los que se sienten indignos de anunciar el Evangelio a sus familiares, compañeros de trabajo, amigos o a cualquier otra persona, por el hecho de no ser «perfectos».

Es verdad que evangelizar es dar a conocer a Jesús, con coherencia de vida. Sin embargo, muchas veces caemos en contradicciones. Como decía san Pablo: «No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero» (Romanos 7, 19).

El cristiano que, aun con sus fallos a cuestas, procura testimoniar el amor y la misericordia de Dios en su vida, reconociendo sus faltas de amor, sus egoísmos y sus errores, no debe dejar de predicar a Jesús.

Llevamos el tesoro de la fe en «vasijas de barro» (2 Corintios 4, 7). Evangelizar no es presentarse como un héroe moral, sino como un mendigo que le dice a otro mendigo dónde encontrar pan. El testimonio cristiano consiste también en contar lo que Dios hace en nuestra miseria.

Esa consciencia compartida de nuestra fragilidad junto a la voluntad de unirse al Amor, es lo que nos permite caminar juntos como Iglesia, ayudándonos unos a otros y reconociéndonos todos necesitados de la misma misericordia. Recemos por nuestros sacerdotes, para que sean pastores que muestren el rostro misericordioso del Padre y sirvan con humildad al pueblo de Dios; asimismo, pidamos para que cada miembro de la Iglesia dé testimonio de Jesús con un corazón agradecido por las misericordias recibidas constantemente

Scroll al inicio