Hay una Medalla, que la Virgen María misma solicitó acuñarla cuando se le apareció a Santa Catalina de Labouré: “la Medalla Milagrosa”.
Este no fue su nombre original. Sino que era llamada Medalla de “la Inmaculada Concepción”, porque la inscripción que pidió la Virgen: “Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti”, envuelve su imagen.
A Catalina, una humilde novicia, se le apareció María en julio de 1830 y le confió esta misión, que como suele suceder al principio de las revelaciones privadas, fue recibida con escepticismo, en este caso por su confesor.
Pasaron casi dos años, hasta que ese sacerdote comenzó a discernir que podía ser una revelación real y lo consulto con el Arzobispo de París, quien autorizó que se acuñara la Medalla porque no veía nada contrario a la fe y reconoció el valor fomentar, a través de ella, la devoción a la Inmaculada Concepción (María concebida sin pecado original).
La Medalla tiene en su frente: La Virgen María de pie sobre la mitad de un globo terráqueo y aplastando una serpiente; de sus manos abiertas salen rayos de luz y la envuelve la jaculatoria que mencionamos arriba. En el reverso, la letra M entrelazada con una Cruz y debajo dos corazones (el de Jesús, coronado de espinas y el de María, traspasado por una espada) y rodeando ese diseño, doce estrellas.
Es una pequeña catequesis visual de María, la mujer descripta en el Apocalipsis, que por sabiduría y misericordia de Dios también es dispensadora de Gracias.
Nos refiere también a Cristo, Salvador del Mundo, que se hace uno de nosotros y no evita entregar su vida en el tormento de la cruz y ser un corazón sufriente, coronado de espinas. También podemos contemplar el dolor de María, preservada del pecado original para ser Madre del Dios Hombre, con su corazón puro, lleno de amor, traspasado por una espada que es la imagen del tremendo sufrimiento de una madre.
En esa época París estaba siendo devastada por una epidemia de cólera. Las Hijas de la Caridad comenzaron a repartir medallas a los enfermos y las curaciones inexplicables se multiplicaron tan rápido que el pueblo la empezó a llamar «Medalla Milagrosa”.
María le dijo a Catalina que aquel que la llevarla con confianza recibirán grandes auxilios de la Gracia.
Catalina de Labouré, solo poco antes de morir, reveló a su superiora quien era, para asegurar que la estatua de la Virgen, representada en la medalla, se hiciera correctamente. Había pedido que nunca se supiera que era la vidente y se paso los siguientes cuarenta y seis años de su vida cuidando ancianos y trabajando en un hospicio, en total silencio y humillada.
Hay una conexión increíble entre esta aparición a Catalina de Labouré y la proclamación del dogma de la Inmaculada concepción en 1854 por Pio IX, además de con la aparición de Lourdes a Santa Bernardita en 1858, que veremos en otro artículo.
Es importante que reflexionemos que la medalla no es un amuleto que nos evita sufrir el mal, sino que nos ayuda a estar en presencia de Dios y a pedir siempre el auxilio a nuestra Madre.
Llevándola, con confianza, obtendremos que, en cualquier circunstancia de nuestra vida, Ella nos abra a la gracia de apartarnos del pecado e interceda ante su Hijo para nos regale, aún en momentos de grandes contradicciones, la paz y el amor que únicamente provienen de estar unidos con Dios.
Finalmente, la Medalla nos ayuda a recordar a la mensajeras de esas tremendas apariciones, como fueron Santa Catalina de Labouré y Santa Bernardita y pedir que intercedan por nosotros, nuestra familia y Ia Iglesia toda. Ellas fueron verdaderos Templos del Espíritu Santo. Quizás un signo de ello es que sus cuerpos permanecen incorruptos, no siguiendo el proceso natural de descomposición después de la muerte.
“Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti”



