¿Cómo distinguir entre fe verdadera y simple costumbre religiosa?

Para distinguir la fe verdadera de la simple costumbre religiosa, quizás deberíamos comenzar por comprender brevemente a qué nos referimos con esos términos.

La raíz de la palabra fe alude a ‘fiarse’ y a confiar; es, en esencia, encontrar un suelo firme en Dios. No se reduce a una creencia intelectual o idea que tenemos, sino que implica siempre la adhesión desde “el corazón” —ese lugar de intimidad profunda del propio ser— al Dios Amor. Es haberse, de alguna forma, encontrado con Jesús, verdadero Hombre y verdadero Dios, y decidir caminar con Él.

Por otro lado, la costumbre es una disposición estable para actuar de una determinada manera. Si observamos nuestra vida, no improvisamos ni hacemos cosas nuevas a cada paso, sino que seguimos pautas que nacen de hábitos personales y sociales.

La “buena costumbre” es positiva, facilita la vida y nos hace mejores, ayudándonos a superar la inestabilidad de las emociones y fortalecer la voluntad.

Ahora bien, avancemos un poco más en responder a la pregunta.

Como miembros de una familia o una sociedad en la que sean comunes determinadas prácticas religiosas, éstas, en muchos casos, terminarán formando parte de nuestra propia vida.

Cuando las asumo sin creer realmente, quedará meramente en algo que incorporamos por inercia, pero nada tendrá que ver con una fe verdadera.

También puede suceder que, a pesar de esa misma incredulidad profunda, voluntariamente las practique para ser visto y buscar aprobación social en una comunidad que valore esas prácticas religiosas. Esto sería una hipocresía porque mi intención es aparentar creer en aquello en lo que simplemente no creo. Algo grave.

En el mismo sentido, mi fe está muerta —si es que alguna vez la tuve— si practico ritos religiosos pero no tengo ningún interés en acercarme a Dios y seguir sus caminos, y por tanto no busco ni tengo intención de cambiar una vida que podría transcurrir indiferente al sufrimiento ajeno y a los caminos que Dios me invita a vivir.

Podemos aplicar a esto lo que el Señor dice: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (Mateo 15,8). O también lo que sostiene Santiago en su Carta: “Porque así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta” (Santiago 2,26).

Únicamente hay fe viva cuando la búsqueda de Dios y la voluntad de querer ser transformado por ese Amor están presentes en el corazón.

No puede haber fe verdadera sin amor, porque como dice el Apóstol Pablo: “Y si tengo el don de la profecía y entiendo todos los designios secretos de Dios y sé todas las cosas y tengo la fe necesaria para mover montañas, pero no tengo amor, no soy nada”. La fe verdadera no se limita a creer que Dios existe: “¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. También los demonios creen y tiemblan” (Santiago 2,19).

No obstante,  si mi voluntad de seguir a Jesús es frágil y caigo y me desvío del camino, o tengo dudas, o no “siento” lo que hago, no es que me falte la fe verdadera. Somos “vasos de barro”, divididos en nuestro corazón y heridos por el pecado original y nuestras propias faltas. Recordemos lo que decía San Pablo: “Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco… Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Romanos 7,15).

Es falsa la idea de que si no lo sientes, no lo hagas, porque serías un hipócrita. Lo haces porque tienes la voluntad de hacerlo a pesar de la “aridez” que seca el espíritu. Son como “noches oscuras del alma”, momentos existenciales que también muchos santos vivieron y relataron en sus escritos. No es hipocresía, es fidelidad a pesar de todo.

Cuando vivas estos desiertos, no te inquietes por más que sientas que el hilo que te une a Dios sea muy fino. Tranquilo, tu voluntad elige amar, estás buscando a Jesús, y Él siempre está a tu lado, nunca te suelta la mano.

¡Camina hacia adelante! No pienses que simplemente cumples con una costumbre religiosa. No es fingimiento, tienes una fe verdadera que necesita ser alimentada con paciencia y confianza.

Y para alimentarla, pídele al Señor que te la aumente. No dejes de rezar aunque te sientas “seco” en el alma, habla con Él, porque tu voluntad está buscando la Fuente de Agua Viva, la que te quita la sed de paz y amor que todos tenemos. Él sabe que, a pesar de tus caídas, quieres amarlo.

Es bueno buscar a ese amigo que comparte tu misma fe para sostenerse mutuamente y, por supuesto, acercarse a un sacerdote; en el consejo espiritual encontrarás luz.

No dejes a Jesús sin compañía: visítalo en el Sagrario. Quédate ahí sentado, simplemente haciéndole compañía, dejando que Él te mire. Y cuando salgas, busca salir de ti mismo: ayuda a tu prójimo, porque ahí, en el que sufre, también está Cristo esperándote.

Aliméntate siempre de los Sacramentos y, pase lo que pase, no te desanimes. Si te caes, vuelve a empezar. Acuérdate que estás peleando la buena batalla, la de la fe verdadera, y que nunca estarás solo.

Espero que estas reflexiones respondan un poco a tu inquietud.

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