Antes que nada, quisiera decirte que la Biblia es el libro más leído, investigado y traducido de la historia. Sin embargo, la mayoría de los católicos no solemos leerla y nos perdemos un inmenso tesoro, porque a través de ella Dios nos habla y nos enseña.
Esto puede suceder por muchos motivos. Quizás se puedan señalar dos razones muy comunes: o estamos “desconectados” de Dios, con una vida espiritual dispersa o dormida, o bien tenemos la voluntad de leerla, pero, al encontrar partes que no comprendemos, la abandonamos.
Incorporar en nuestro día a día breves pasajes bíblicos y meditaciones de los Santos y de nuestros Pastores —ya sea sobre el Evangelio del día o sobre el capítulo que estemos leyendo— despierta y hace crecer nuestra fe. Este pequeño hábito nos da luz para caminar y fuerza para enfrentar las dificultades de la vida.
¿Por qué es difícil entender muchos pasajes de la Biblia?
Muchos sienten una gran confusión con diversos libros de las Escrituras; es completamente normal. Especialmente cuando leemos el Antiguo Testamento, parece como si nos hablaran en otro idioma. Pensemos que la Biblia está formada por 73 libros, redactados por distintos autores a lo largo de más de mil años, y cuyos textos más antiguos fueron escritos casi treinta siglos atrás.
Si hoy nos cuesta entendernos entre generaciones que vivimos en el mismo tiempo, cómo no nos va a resultar oscuro asimilar lo que se expresó en culturas tan lejanas.
La Biblia fue escrita por seres humanos inspirados por el Espíritu Santo. No fue traída por ángeles ni dictada palabra por palabra directamente por Dios, sino que está inserta en la historia, con los límites y condicionamientos sociales y culturales que tuvieron sus redactores. Pero, en ese marco humano, Dios le habla verdaderamente al hombre.
Los textos son expresiones de tradiciones religiosas que existían previamente; relatos orales que luego se convirtieron en escritos. Algunos de ellos fueron reescritos y, posteriormente, la Iglesia fue definiendo lentamente lo que hoy es el Canon, es decir, la lista oficial de libros sagrados (recién en el año 382 d. C. se completó esta lista).
¿Qué tengo que tener en cuenta para entenderla?
Por lo que te decía, no se puede descubrir el mensaje solo desde la literalidad, porque esta se encuentra condicionada por el género literario que se usó y por muchos otros elementos que analizan los exégetas (estudiosos de la Biblia), como por ejemplo: cuál es su contexto histórico, a quiénes se dirigían y qué procuraban transmitir.
Tengamos en cuenta, además, que el lenguaje —y cada idioma en particular— tiene limitaciones y más aún para comunicar conceptos abstractos. Por todo ello, es necesario descubrir la enseñanza espiritual más allá de la «letra» o superficie del texto, que en algunos casos nos puede llevar a una interpretación totalmente equivocada.
Algo fundamental a considerar: no se puede leer de la misma manera algo escrito en un género poético, mítico, épico, didáctico o novelesco. Por eso, no todo suceso narrado pretende ser un dato histórico estricto; en muchos casos hay que considerar el lenguaje simbólico utilizado, que busca expresar una verdad profunda y no necesariamente un hecho “periodístico”.
La Biblia no pretende ser un manual de ciencias, de historia o de crónicas al detalle, sino que los autores ponen énfasis en el significado espiritual que buscan transmitir. Es un mensaje de Dios para nuestra salvación.
Me sorprenden algunos textos del Antiguo Testamento que parecen no tener nada que ver con lo que enseña Jesús. ¿Que explicación tiene esto?
El Antiguo Testamento contiene “elementos imperfectos y caducos” (Constitución Dogmática Dei Verbum), propios de los condicionamientos de los autores humanos y sus contextos políticos, económicos y culturales.
Benedicto XVI lo dice también con claridad: “La revelación bíblica está profundamente arraigada en la historia… Se comprende así que algunas páginas de la Biblia resulten en sí mismas oscuras por la violencia y la inmoralidad que a veces describen”.
Nos señalaba también el Papa Francisco: “No todos los salmos —y no todo de cada salmo— pueden ser repetidos y hechos propios por los cristianos y menos aún por el ser humano moderno. Reflejan, a veces, una situación histórica y una mentalidad religiosa que ya no son las nuestras. Esto no significa que no sean inspirados, sino que en ciertos aspectos están ligados a una época y una etapa provisional de la revelación, como ocurre también con gran parte de la legislación antigua”.
La Revelación es progresiva. Hay normas de conducta y leyes propias de las épocas en las que los autores inspirados escribieron que son obsoletas.
Para los que quieran profundizar más, vale la pena leer el documento La interpretación de la Biblia en la Iglesia. Allí se señala que la posición moral en diversos textos del Antiguo Testamento sobre la esclavitud, las normas que rigen el matrimonio o el exterminio en las guerras, son criterios superados y propios de esos tiempos.
La pedagogía divina no prescinde de los límites temporales de la conciencia humana. Dios fue enseñando y revelándose al hombre en el marco de la evolución de la sociedad humana, en particular del pueblo de Israel. Solo en Jesús, la Palabra hecha hombre, alcanzan su plenitud en la historia el mensaje y la sabiduría de Dios. Por todo esto, no se puede entender la Biblia desde párrafos o textos aislados, sino siempre mirando hacia Cristo.
Se hace difícil, parece que hay que conocer mucho para leerla. ¿Cómo hago para no equivocarme? ¿Hay alguna guía?
Mira lo que dicen los Hechos de los Apóstoles sobre un encuentro entre Felipe y un funcionario etíope:
“Felipe se acercó corriendo, le oyó leer al profeta Isaías, y le preguntó: «¿Entiendes lo que estás leyendo?» Él le respondió: «¿Cómo lo voy a entender si nadie me lo explica?». Y le pidió a Felipe que subiera y se sentara junto a él…” (Hechos 8, 30-32).
Hay pasajes sencillos, pero otros requieren que busquemos orientación. Podemos encontrar muchos autores católicos y videos muy útiles en internet —incluso cuando le pedimos a la inteligencia artificial que nos explique algún pasaje según la teología católica— que nos ayudarán.
Pensemos además que la Escritura tiene una riqueza inagotable; incluso textos de hace tantos siglos, que buscaban responder a los problemas de entonces, también hablan al presente. Por eso la Iglesia hace siempre relecturas para responder a las necesidades de cada época.
Y hay algo fundamental: existe una instancia final que evita las desviaciones de lecturas erróneas. Es la Tradición viva de la Iglesia y su Magisterio, guiado por el Espíritu Santo; esa es la roca firme donde apoyarnos. Nos dice el apóstol Pedro: “Sepan eso sí, ante todo, que nadie puede interpretar por sí mismo una profecía de la Escritura” (2 Pedro 1, 20).
¿Entonces, por dónde empezar?
La clave es iniciar por los Evangelios, acompañarte de reflexiones de autores católicos y consultar a un sacerdote o a un laico formado sobre tus dudas.
Te recomendamos comenzar por capítulos simples. Pídele al Espíritu Santo que te ilumine y no tengas miedo de hacer preguntas. La fe crece cuando se busca con humildad.
Leer la Biblia, además de profundizar en tu fe, es una forma de oración. Deja que la Palabra transforme tus ideas y acciones, buscando que influya en lo que sientes, piensas y haces. No dejes de nutrirte con ese alimento espiritual.

