PEREGRINOS

En el mundo entero hay diferentes santuarios a donde los cristianos peregrinan. En Salta, miles de creyentes lo hacen durante días, surcando montañas o desde lugares más cercanos, pero todos con un mismo deseo: acercarse a Jesús y a su Madre, encontrarse con el Señor y con la Virgen del Milagro.

Cada peregrino inicia el camino de distinta manera, porque cada uno es un “universo” en sí mismo.

Muchos se ponen en marcha cargando duelos, insatisfacciones vitales, crisis familiares, adicciones y esclavitudes de todo tipo. Otros lo hacen principalmente para fortalecer su fe, para unirse más al Señor o queriendo agradecer algo bueno que les sucedió. Y muchos otros, para pedir una gracia o cumplir una promesa.

No se puede comprender lo que es peregrinar desde una observación superficial, como si solo fuera ver a gente transitando de un punto a otro. Eso sería estar ciego ante la inmensidad del mundo interior de cada peregrino y de todo ese pueblo que camina. Solo viendo ese mundo se puede descubrir el sentido y el significado que esto tiene.

El peregrino deja el hogar y la rutina diaria para, de alguna manera, abrirse al misterio, a la búsqueda del encuentro con Alguien más grande que él, en procura de consuelo y plenitud.

Durante el caminar, hay una gracia que lo precede, lo acompaña y lo sostiene, ayudándolo a superar el cansancio, las ampollas y las inclemencias del tiempo. Esas mismas pruebas le hacen experimentar los límites y la vulnerabilidad propios de nuestra condición humana y, de alguna forma, lo ayudan a reconocerse criatura que necesita del abrazo del Padre.

La monotonía del paso y el silencio exterior pueden hacer surgir sentimientos de abandono, apatía y hastío, experiencias que, de distintas maneras, acompañan muchas veces nuestra existencia terrena. Como en la vida, el peregrino va sediento por el camino en busca de la Fuente de Agua Viva, y vive en carne propia la necesidad de rezar, de unirse estrechamente a Jesús y de abrirse al amor del Padre.

En el camino surgen las dudas de por qué se está peregrinando, los miedos sobre si se podrá llegar y los enojos que asaltan en algún punto del derrotero. Pero Dios se le adelanta con su gracia y lo sostiene: lo dispone interiormente para que abra el corazón y el Espíritu Santo se derrame en su alma. Es una imagen de lo que sucede en la vida misma: muchas veces creemos que somos nosotros quienes buscamos a Dios, cuando en realidad es Él quien primero sale a nuestro encuentro.

Y el peregrino no camina solo, sino con compañeros que también recorren esos senderos para llegar al encuentro con Dios. Están los que ayudan a sostener el paso, pero también la familia que espera, quienes reciben a los peregrinos, los servidores y los sacerdotes que acompañan el camino. Se contagia de la energía del amor, de los que sirven y aman sin esperar nada a cambio. Experimenta el intercambio gratuito de amor que se da en la fraternidad de una peregrinación.

Eso alimenta su alma y, por supuesto, su cuerpo, esa unidad que nos hace seres humanos. La materia de su cuerpo, de los montes y lugares por los que camina también es sumada a ese peregrinar. La fe se vive con los pies, el sudor, la voz que canta, el cansancio y todo lo que lo rodea.

También se alimenta por pertenecer a un Pueblo de Dios en camino, que experimenta la comunión, ya que no somos solo individuos aislados.

En la peregrinación, las barreras sociales, económicas o culturales se desvanecen; se camina al mismo ritmo, compartiendo el pan y brindando auxilio. Es como si aquel pueblo que camina se hiciera visible como un solo cuerpo. Como los discípulos de Emaús, los peregrinos descubren que el Resucitado camina junto a ellos. Y, como aquellos discípulos, también nosotros necesitamos que el Señor nos explique las Escrituras, haga arder nuestro corazón y nos conduzca al reconocimiento de su presencia.

María, que acompaña maternalmente el camino de la Iglesia, también acompaña a sus hijos peregrinos. Como Madre, nos conduce siempre hacia Jesús y nos enseña a caminar con confianza, aun cuando no comprendamos plenamente el sentido de todo lo que vivimos.

Llegar al Santuario puede ofrecer una pequeña anticipación de aquella alegría hacia la que camina toda nuestra existencia: el encuentro definitivo con Dios. Enseña que ningún sufrimiento en el camino es definitivo si la meta es Dios y nos recuerda a Aquel que dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.

Peregrinar nos recuerda que nuestra existencia está orientada hacia una plenitud que todavía no hemos alcanzado y que nuestra patria definitiva está en “un cielo nuevo y una tierra nueva”, donde el Amor lo cubre todo. No porque este mundo carezca de valor, sino porque nuestra vida está llamada a una plenitud que solo encuentra su realización definitiva en Dios.

Aprendamos de los peregrinos, que se ponen en marcha, con todas sus dificultades, vulnerabilidades y fragilidades a cuestas. Iniciar el camino ya es un gran paso.

Animémonos a peregrinar. Podemos hacerlo no solo en las grandes celebraciones, como la del Señor y la Virgen del Milagro o la de la Virgen de Luján. Peregrinemos visitando iglesias o santuarios cercanos, o preguntémosle a nuestro párroco cómo hacerlo en nuestra comunidad. Porque no somos peregrinos solamente cuando caminamos hacia un santuario. Toda nuestra vida es un camino hacia Dios. Que nuestras peregrinaciones nos enseñen a caminar la vida con fe, nos den sabiduría para atravesar sus dificultades, nos ayuden a descubrir que nunca estamos solos y nos acerquen cada vez más a Dios, fuente de toda alegría.

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