“…. y aprendan de mí, porque yo soy manso y humilde de corazón, y así encontrarán descanso para sus almas.…” (Mateo 11, 28-30)
Jesús nos hace una de las invitaciones más profundas del Evangelio: entrar en su Corazón y aprender de Él la mansedumbre. Pero, ¿qué es un corazón “manso”?
La mansedumbre es la fortaleza serena del alma para enfrentar perturbaciones y agitaciones internas que siembran resentimiento, odio, ira, o deseo de actuar violentamente, y que nacen tanto de haber sufrido injustamente un daño, como de un corazón enfermo por la soberbia.
Como don del Espíritu Santo, la mansedumbre actúa como un bálsamo. Sana un corazón egocéntrico, atormentado porque no se cumplen con los deseos de su amor propio desordenado, o transforma la amargura y el dolor por un mal padecido injustamente, impidiendo que a ese sufrimiento se le sumen sentimientos negativos que agotan y enferman el alma, llevándola a una especie de guerra interna que nunca acaba.
El hombre de corazón manso no es alguien que no se enoja, se calle ante las injusticias, o deja que el mal se propague o le haga daño. Es aquel que frente a la provocación y la injusticia sufrida no reprime el enojo, pero evita quedar a merced de sentimientos y pasiones impulsivas que le quitan la paz. Es aquel que se niega a ser esclavo de una egolatría que le exige tener siempre la razón, y que cualquier cosa que contradiga su voluntad lo trastorna.
Es el Espíritu Santo el que nos conduce a canalizar esas turbulencias en el alma de manera constructiva y santa, por tanto, no es pasividad, sino control consciente; no es debilidad, sino resiliencia espiritual.
No podremos sanar nuestro dolor y relacionarnos con Dios y los demás, si nuestro corazón está lleno de resentimiento o ira desordenada. El hombre iracundo y violento vive en la hoguera del conflicto interno que nunca se apaga.
Por el contrario, la mansedumbre de corazón, nos permite vivir con una paz interior que no depende de las circunstancias externas, en ella somos dueños de nosotros mismos, alcanzamos la libertad interior.
“Felices los mansos porque heredaran la tierra.”, dice Jesús en el Evangelio. Esa «tierra» prometida es el mundo reconciliado, pero también es la posesión serena de nuestra propia alma.
Es una gracia que nos capacita para perdonar, para soportar el sufrimiento sin hundirnos en la amargura o quedar encadenados a solo alimentar el fuego del “mal por mal”. Nos permite en definitiva imitar a Cristo en su corazón «manso y humilde”, capacitándonos para transformar el dolor y la ira en caminos de purificación y amor. Es el culmen de una fuerza interior que solo puede venir de una profunda unión con la voluntad de Dios.
Respondamos a la invitación del Señor y dejémonos guiar por el Espiritu Santo para que nos llene con el don de la mansedumbre que produce serenidad, fortaleza, confianza y abandono filial en las manos de Dios, dueño de la vida y la Historia.
Rogemos ese don del Cielo al Sagrado Corazón de Jesus y al Inmaculado Corazón de María.


